Los recientes choques globales y las megatendencias que configuran el futuro tienen algo en común: todos ellos están relacionados con la oferta de la economía. Este cambio, que nos aleja de un mundo impulsado por la demanda, plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de las políticas económicas actuales y exige nuevas estrategias para afrontar estos desafíos.
Los grandes choques que el mundo ha experimentado en los últimos seis años, desde la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania hasta las tensiones comerciales por los aranceles y el conflicto geopolítico en Oriente Medio, están todos vinculados al lado de la oferta de la economía.
Lo mismo ocurre con diversas tendencias estructurales que están definiendo el futuro, conocidas habitualmente como megatendencias, entre ellas el cambio demográfico, el cambio climático, la geofragmentación y las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial (IA). Esto sugiere que la economía global está transitando de un entorno tradicionalmente impulsado por la demanda hacia otro cada vez más impulsado por la oferta.
Este cambio es relevante porque los choques de oferta plantean un dilema especialmente complejo para la política económica. Un choque de oferta negativo puede debilitar la actividad económica y, al mismo tiempo, aumentar la inflación, lo que conduce a la estanflación.
Las políticas fiscales y monetarias tradicionales no son las más adecuadas para abordar ambos problemas simultáneamente: fomentar el crecimiento puede intensificar las presiones inflacionarias, mientras que combatir la inflación puede debilitar aún más la actividad económica. En última instancia, una solución duradera requiere la recuperación de la propia oferta.
Hasta ahora, los gobiernos y los bancos centrales han respondido a estos choques principalmente mediante políticas tradicionales centradas en la demanda. El apoyo fiscal ha ayudado a amortiguar el impacto en la actividad económica, mientras que la política monetaria ha oscilado entre fuertes estímulos y medidas de endurecimiento a medida que la inflación aumentaba.
Si bien la economía mundial ha demostrado ser más resiliente de lo previsto, los sucesivos choques han reducido sus márgenes de maniobra, en un contexto de mayor deuda pública, balances de los bancos centrales más abultados y menor espacio fiscal.
De cara al futuro, la política económica deberá centrarse no solo en la gestión de la demanda, sino también en el fortalecimiento de la oferta. Esto implica impulsar la productividad y la inversión, fomentar la innovación tecnológica, mejorar las competencias y la adaptabilidad de la fuerza laboral, y desarrollar políticas industriales y energéticas eficaces. La inteligencia artificial podría, por sí misma, generar un importante choque de oferta positivo gracias al aumento de la productividad.
El desafío fundamental consistirá en hacer que las economías sean más resilientes y ampliar su capacidad productiva, preservando al mismo tiempo la sostenibilidad fiscal y económica a medio plazo.