Los tonos fríos propios del invierno, el verde vinculado a la primavera, los matices radiantes del verano o los más otoñales con el marrón como protagonista. La naturaleza está llena de colores que debemos preservar y, en este sentido, la economía sostenible también cuenta con varias tonalidades. 

La concienciación por el cuidado del planeta y de aquellos que habitan en él ha sufrido una evolución sin precedentes. Esto, en gran parte, ha estado motivado porque cada vez son más patentes las consecuencias que ocasionan desafíos como el cambio climático tanto en el medioambiente como en la sociedad. 

Para avanzar hacia un futuro más sostenible, debemos reformular la manera en la que entendemos el mundo e interactuamos con él, para que nuestras actuaciones no tengan un impacto negativo. Con este propósito, surgen conceptos como la economía verde, azul, naranja o amarilla que, a través de estos colores, buscan evocar los ámbitos a los que debemos prestar especial atención cuando hablamos del compromiso con el entorno.

Economía verde

Al hablar de sostenibilidad, probablemente sea el primer color que asociamos a todo lo que tiene que ver con ella. En este modelo económico, las amenazas ecológicas son el principal reto por combatir para alcanzar el bienestar social. Para lograrlo, la colaboración de particulares y organizaciones -tanto públicas como privadas- resulta básica en cada una de las actividades que realicen: consumo en los hogares o instalaciones empresariales como edificios corporativos -con especial hincapié en la gestión de residuos-, movilidad, etc.

Economía azul

Si pensamos en el color azul cuando hablamos de la naturaleza, ¿qué es lo que nos viene a la cabeza? Seguramente una de las primeras ideas sea el azul de los ríos, mares y océanos; y es que, si algo caracteriza al planeta, es precisamente que gran parte de él está formado por agua -alrededor del 70%-. Así, el ecosistema marino es uno de los espacios imprescindibles para lograr las condiciones óptimas que permitan la vida en la Tierra.

La economía azul -término popularizado en el libro The Blue Economy, de Gunter Pauli- busca crear procesos productivos que simulen el comportamiento de la naturaleza, sacando el mayor rendimiento a los recursos y también a sus residuos, en el caso de que se originen. Así, el fin de un producto supone contar con las materias primas necesarias para que otro surja.   

Economía naranja

Se trata de un modelo productivo en el que la creatividad es la pieza clave -de hecho, se conoce también como economía creativa-. En la economía naranja, los productos y servicios, además de aportar ganancias económicas, buscan impulsar el progreso cultural de la sociedad a través del conocimiento. Potenciando este ámbito, se estimula la innovación, la cual deriva en cada vez más alternativas sostenibles para afrontar los grandes desafíos que se presentan en la actualidad como puede ser el cuidado del medioambiente. 

Economía amarilla

En este caso, el epicentro lo protagonizan la tecnología y la ciencia. De esta forma, los avances en investigación buscan hacer más eficientes los proyectos, identificando y solventando los problemas que haya en ellos; además de obtener otras ventajas como la reducción de costes, recursos, etc. Algo que, como en los casos anteriores, tiene un impacto directo y positivo en el entorno. 

En contraposición a todas estas fórmulas de economía sostenible, encontramos la economía negra, cuyas consecuencias dañan fuertemente el progreso, agudizando, entre otros, la desigualdad social. Se trata de un modelo en el que se recogen actividades ilegales como el tráfico de estupefacientes, los crímenes, el terrorismo, etc.

¿Cómo contribuir a una economía sostenible?

Como hemos mencionado anteriormente, tratar de limitar el impacto negativo que nuestra actividad tiene sobre el planeta es responsabilidad de todos. Algunos buenos hábitos para lograrlo son estos cinco: 

  • Consume de forma responsable: aplica tanto a los productos como a los servicios a los que acudimos. Aquí englobaríamos acciones tan frecuentes como hacer la compra de manera comprometida; es decir, no adquirir más alimentos de los que necesitamos, optar por productos de temporada y de proximidad, etc.

  • Aplica la regla de las tres “r”: reducir, reciclar y reutilizar, para alargar la vida útil de los productos o contribuir a que, con sus residuos, se puedan fabricar otros, precisando menos materias primas.

  • Apuesta por la movilidad sostenible: según las Naciones Unidas, “en la mayoría de los países de renta alta, el transporte personal es el ámbito del estilo de vida que más huella global deja”, lo cual ha duplicado -desde la década de los 70- las emisiones de gases de efecto invernadero. La bicicleta o desplazarnos en transporte público, siempre que sea posible, son las mejores opciones de movilidad.

  • Aprovecha la economía colaborativa: recurrir a lugares o aplicaciones de segunda mano nos permitirá ahorrar a la vez que damos una segunda oportunidad a los bienes. Algunas opciones son el trueque de productos como libros, compartir vehículo, etc.

  • Haz de tu entorno un lugar más eficiente: adquiere electrodomésticos y otros dispositivos electrónicos que, a nivel energético, sean óptimos. Esto no quiere decir que, necesariamente, deban ser nuevos; de hecho, la opción de comprar productos reacondicionados está ganando popularidad. También puedes contribuir con otros gestos como mantener tu hogar a una temperatura constante o recurrir a fuentes de energía renovables para el consumo doméstico -por ejemplo, a través de la instalación de placas solares, si es posible-.

Te puede interesar